
Las olas rompían sobre mí a un ritmo tan acelerado que apenas tenía tiempo de saber dónde me encontraba. El frío, el viento, mis ropas empapadas de agua de mar, dejaban a mis músculos en la más absoluta inutilidad. Los truenos se confundían torpemente con mi voz anulando cualquier esperanza de poder encontrar a alguno de mis camaradas, o de que ellos tal vez me pudieran localizar. Dicen que el último sentido que se resiste a la parca es el del oído…yo apenas podía ver, el frío ya no me dejaba sentir, mi boca se confundía con el mar y el olor de la noche bajo el mar en plena tormenta es absolutamente imperceptible…lo último que recuerdo fue el sonido de un trueno que le ponía fin a la fría pesadilla.
Cuando empecé a recuperar los sentidos el mar estaba en calma, el Sol se escondía nuevamente en el horizonte, pero ésta vez me dejaba ver sus últimos resquicios sobre los restos del naufragio y me regalaba una imagen de paz en uno de los mejores atardeceres de mi vida…Cuando terminé de abrir los ojos comprendí. Hoy sé que esa tormenta aún está por llegar, pero tengo constancia de ello…y ya no tengo miedo, porque sé también que al final de la tormenta disfrutaré de esta calma.
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